Dieciséis años, más de un metro setenta, morocha de pelo lacio, sonrisa amplia, E.M. fue explotada sexualmente en un departamento privado de Liniers durante todo el día a lo largo de un mes con la supuesta protección de la cúpula de la comisaría 42ª. Imputados del delito de trata de personas el comisario Héctor Hugo Lucca, el subcomisario Fabián Agustín Güidali, el subcomisario Ángel Daniel Medina y dos sargentos de la taquería serán indagados por el juez federal Norberto Oyarbide durante la próxima semana.
En el expediente judicial –al que tuvo acceso exclusivo Crítica de la Argentina– se detallan los movimientos de Lucca y Guidali para alertar a los proxenetas de que la chica era buscada por sus padres, vecinos del mismo barrio donde la hicieron “trabajar” sin descanso hasta que fue rescatada en manos de un cliente. La mamá de E.M. acusa al comisario de regentear otro prostíbulo donde la chica habría sido sometida, a pocas cuadras, en Mataderos.
Karina González, la madre de la adolescente, aprendió en los últimos dos meses que la fábula urbana según la cual el de la prostitución es un negocio policial puede ser cierta. Su hija se fue de su casa después de una discusión y desapareció el 5 de septiembre. Durante tres días, ella y su esposo buscaron a la chica por el barrio preguntándoles a amigos, amigos de amigos, vecinos. Agotados, el 8 hicieron la denuncia por averiguación de paradero de E.M. en la seccional de su zona, la 42ª, que funciona en una casa sobre la Avenida Lisandro de la Torre al 2300, justo frente a donde se suele hacer la feria tradicional de Mataderos.
En la zona se respira el vaho de la carne que se faena en los frigoríficos que le dan nombre al barrio. El oficial que las atendió tomó los datos de la chica y les prometió que darían aviso a todas las comisarías del conurbano, a una unidad especial de la Policía Federal y a la ONG Missing Children. A los días, a través de un ex novio de E.M. supieron que la habían visto acompañada por una mujer rubia, alta, en el subte. Fueron a la seccional, pero les dijeron que de ahí en más debían ir al juzgado que llevaba el caso, aunque no les dijeron cuál era. Luego, en el Consejo del Menor de la Ciudad, les recomendaron que denunciaran la desaparición en una fiscalía. Intervino entonces la fiscal Betina Bota, quien recomendó a los padres que se acercaran a Missing Children. En la organización tuvieron el primer alerta: nadie les había informado que buscaban a E.M.
Los familiares y amigos de E.M. se armaron de valor e investigaron un dato que llegó telefónicamente: una voz desconocida decía que la chica estaba secuestrada en un prostíbulo de Avenida Lisandro de la Torre 1007, en Liniers. En el lugar se la podía ver retratada en un book que se les mostraba a los clientes que iban en busca de sexo pago. Con esa información en las manos, Karina González volvió a la comisaría. Le dijeron que no la podían atender; ahora debía presentarse ante la fiscalía. Como en el anónimo también decían que la chica había estado enferma y la habían atendido en la Clínica del Sol, la madre recorrió ése y otros centros de salud rastrando a su hija. Pero no encontró nada. El 21 de octubre, desesperada, Karina González fue a vigilar el lugar donde se suponía que tenían a su hija. Es un edificio de cinco pisos que tiene un cartel de neón en el frente. Dice: “Salones para fiestas”, en Lisandro de la Torre casi calle Patrón, frente a una plaza. Los vecinos le dijeron que sabían que en uno de los departamentos funcionaba un “cabarulo” pero que nadie lo denunciaba porque se sabía que los de la 42ª lo sabían.
Siempre había alguien de la seccional haciendo guardia, le dijeron. Parada en la plaza, Karina decidió hacer guardia ella misma, hasta que vio que su hija salía acompañada de una mujer mayor del edificio y se subía a un remise de color blanco. Corrió pero no pudo detener al auto que se alejó hacia la zona de Mataderos. En la esquina de Rodó y Murguiondo está el otro prostíbulo allanado por la Justicia porque, según la madre, es regenteado por el comisario Lucca. La familia de E. es de Misiones. El abuelo de la chica, Javier Mandredini, fue diputado provincial del PJ. Por pedido de los padres, el hombre le contó el caso al ministro de Derechos Humanos de la provincia, Edmundo Soria Vieta.
Soria decidió llamar al juez en lo criminal Alejandro Celleruelo, que suele dar charlas sobre trata de personas. Celleruelo llamó directamente al comisario Lucca para preguntarle por la chica. Esa misma mañana, por consejo de Soria, Karina González se presentó en la Unidad de Apoyo para la Investigación de Secuestros y Trata de Personas, desde donde le dieron intervención a la fiscal Bota. Bota la esperaba en su despacho pero Karina prefirió ir hasta el prostíbulo. Acompañada por su esposo y una hermana llegaron en el exacto momento en que el subcomisario de la 42ª, Güidali, tocaba el timbre.
La madre de E. lo conocía de tanto haber ido a la seccional en vano.
–Disculpe, qué está pasando? –increpó al policía.
–Se va a hacer un allanamiento. Estamos buscando a la menor desaparecida –se justificó el hombre.
–¿Se va a hacer un allanamiento y usted está tocando el timbre? –lo cuestionó.
Nervioso, el policía sólo atinó a negar. –No, no, no, yo no toqué el timbre.
En ese instante se escuchó que una mujer respondía por el portero eléctrico: –Hola. ¡Hola!Contradiciéndose, el policía trató de zafar: –Íbamos a preguntar departamento por departamento.
Luego, Güidali se comunicó con alguien por handy y apareció un patrullero de la 42ª. El policía que iba en el móvil tenía órdenes de llevarla a la comisaría. Allí, la mantuvieron “juntando pis” durante cuatro horas. En ese tiempo se llevó adelante la maniobra que denuncia el fiscal Carlos Rívolo y evaluará el juez tras las indagatorias.
Dos testigos de identidad reservada –declararon todas las chicas que trabajaban en el lugar sin sus nombres– contaron que la madama y única detenida en la causa, Silvia De Carlo, recibió un aviso por handy de la propia policía.
El fiscal Rívolo cree que, como en una película en la que las escenas transcurren contemporáneamente, mientras a Karina Gonzalez la mantenían ocupada, De Carlo se iba del departamento arrasando con las pruebas que luego, en el allanamiento, ya no estarían.
E.M. fue hallada días después en la casa de un cliente en Ciudad Evita.
En la causa constan dos pruebas que complican a los policías. Por un lado el lapidario informe de Bota y por otro un informe de Asuntos Internos de la Policía Federal. En ese documento, la propia policía admite que la 42ª ordenó custodiar tanto el prostíbulo de Lisandro de la Torre al 1007 como el que funcionaba en Rodó y Murguiondo. En ningún caso, dijeron los de AI, estaban justificadas.
El lunes declara el comisario, el martes los dos subcomisarios. El miércoles, los dos sargentos. Pasó un tiempo hasta que el juez Oyarbide recibió orden de la Cámara Federal para darles curso a las indagatorias. Se había inhibido por un detalle: la prosecretaria de la Secretaría 14, a sus órdenes en el juzgado federal, es la esposa del comisario Lucca. Llamados intimidatorios al juez,
el malhumor del comisario Héctor Lucca cuando supo que lo llamaban a prestar declaración indagatoria junto a media Comisaría 42ª le dio miedo al juez Alejandro Celleruelo. Celleruelo no tiene ninguna de las dos causas judiciales iniciadas por la explotación sexual de E.M, la adolescente que fue prostituida en un departamento de Liniers, pero intentó terciar ante Lucca para que averiguara por la chica, con pésimos resultados. Lucca habría usado esa información para alertar a los proxenetas, según lo acusó el fiscal Carlos Rívolo. El comisario comenzó a llamar a Celleruelo con tal vehemencia que el juez lo denunció por “intimidación” y pidió custodia personal para él y para la secretaria de su juzgado. Hace veinte días que vive con dos hombres de la Gendarmería Nacional cuidándole las espaldas.
El enojo de Lucca es porque Celleruelo declaró en su contra: contó la llamada que le hizo justo la mañana en que por un “aviso” el prostíbulo fue desmantelado. Eso deja en evidencia la cobertura que tenían los fiolos, dicen fuentes judiciales.
Un mismo modelo de explotación que se repite en la toda la ciudad. La comisaría 42ª está lejos del Departamento Central de la Policía Federal, pero responde al mismo modelo. La trata de personas y la protección del negocio de la prostitución han sido noticia este año desde que la cooperativa La Alameda y los vecinos del barrio de Monserrat comenzaron a denunciar una zona roja que trabajada todos los días y nunca fue advertida por la Federal ni por los inspectores del gobierno porteño.
Allí se puede conseguir “una bolsa de cocaína por 25 o 30 pesos” y “una chica jovencita por 150 pesos la hora”, según consta en varias denuncias realizadas por testigos de indentidad reservada ante la Defensoría del Pueblo de la Ciudad. Se trata de cinco bares “que funcionan como prostíbulos encubiertos con venta y distribución libre de cocaína e ingreso y explotación de menores”, según la denuncia formulada ante la justicia federal por la Cooperativa La Alameda y el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE).
“Con esta denuncia dejamos de tirar ladrillos abajo y nos propusimos enfrentar la pared principal de este problema, por eso demostramos ante la justicia federal que a pocos metros del principal encargado de perseguir el delito funciona una red donde se vende cocaína, otras sustancias ilegales y se ofrecen menores por 150 pesos la hora para ser explotadas sexualmente”, dijo Gustavo Vera, presidente de la cooperativa La Alameda, una organización que junto al MTE viene denunciando talleres clandestinos y alarmantes niveles de esclavismo laboral y sexual en distintos barrios porteños. Cada uno de los locales llega a facturar unos 15 mil pesos entre luces de neón y tragos baratos. La cifra no es difícil de calcular: cada servicio es de 100 o 150 pesos y cada mujer atiende a unos 12 clientes por día. En cada uno de esos bares trabajan entre 7 y 8 mujeres que también ofrecen la bolsa de cocaína a 30 pesos. “Si a la recaudación por los servicios sexuales sumamos una venta diaria de unas 20 bolsitas entre todas, el número llega más lejos”, explicó Vera.
No vamos a hacer ningún comentario más.